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CONSUMIENDO UNA MODA

Mayo 4, 2017

Editorial sobre la vida moderna

Por Andrés Garrido Torres

Periodista

“Me siento realmente atraído por la basura, como si la razón de todo estuviera en ella”. Philip K. Dick

 

Hoy en día parece imposible sobrevivir a un universo de poses de cartón. El concepto de cultura se ha convertido en un mar de contradicciones que solo nos provocan emociones como para dar pie a una enfermedad: Lucir como una Barbie, el femenismo, el machismo, el dinero, el poder, el nacionalismo, el cuerpo de Cristiano Ronaldo, Taylor Swift, ser famoso por nada, Kurt Cobain es el nuevo Jesucristo, pornografía, perfumes, Ivanka Trump es perfecta, todos somos fotógrafos en Instagram, los labios de Scarlett Johansson, el excesivo culo de las Kardashian, príncipes y princesas, accesorios inútiles, peinados, zapatos, estatura y peso, lucir como un eterno adolescente, te emocionas con cada estúpido reality, Twitter y Facebook te hacen sentir famoso, eres esclavo de Whatsapp. Todo esto te hace sentir seguro y a salvo.

 

La cultura ya no puede ser definida de manera lógica, ya no puedes utilizarla junto a conceptos como razón o análisis. La cultura de hoy trata de enamorarse de una imagen en una pantalla, de soñar despierto porque alguien te ha lavado el cerebro y ha logrado articular el caos de tu existencia. Vívimos atrapados en un espejismo donde compramos infinidad de productos creyendo que van a hacernos sentir especiales. Es la irracionalidad que consumimos cada día, la que hace que estés enfadado, que te creas que lo eres todo. Por voluntad propia o por obligación, te conviertes en un esclavo. Todo es tan absurdo, que ya no puedes evitar sentirte ingenuo y emocionado a la vez. 

 

La pequeña línea entre cultura de masas y cultura popular, articula deseos en imágenes que utilizamos porque ya no hay nada real en nuestras vidas. Tantas noticias e información nos están confundiendo, dicen que el ganador de la lotería es un extraterrestre que comprará la luna, que Jesucristo está aquí para salvarnos. ¿Quién come en el nuevo restaurante de moda?, ¿Quién no sería visto a la hora de dormir junto al teléfono más costoso?, ¿Quién se preocupa de qué vehículo está conduciendo?, ¿Quién adora a Donald Trump?, ¿Acaso nadie puede ver a esos gigantes corporativos que siguen haciendo dinero a través de nuestras insignificantes vidas? Nos espían, tienen nuestros números telefónicos y saben como funcionan nuestras mentes. Las redes sociales son como balcones mirando al paraíso, vislumbrando la posibilidad de cambiar el mundo. Espiar te hace infeliz pero tienes una maestría en chismes.

 

Tu ropa de marca te excita y te hace sentir superior. Cenas, cigarrillos, fotos con tus amigos y fiestas cada semana, todas son enfermedades que aprarecen un tu cabeza, que no conectan con tu cerebro y no puedes controlar. Son las cosas absurdas que compras con tu tarjeta de crédito, es el reality de gente con cuerpos perfectos, es la celebridad que sigues en Instagram, es la luz de la pantalla y el sonido del teléfono que hace explotar tu cerebro. En resumen, nos venden una vida eléctrica y veloz, pero también tristeza y una curiosidad cada vez más enferma. Un golpe de sensaciones inmediatas, huidizas y poco duraderas, que nos lleva a consumir toda clase de productos. Una enfermedad que afecta a la gente, y que es la forma cultural menos democrática que existe.

 

Parece que, finalmente, hemos encontrado una manera para consumir apatía a diario. Nos hemos convertido en nuestros dioses personales, en algo deprimente y vacío, miles de rostros frente a una pantalla buscando la respuesta para camuflar nuestra soledad, miles de mentiras cada vez más grandes que las verdades y que son éxtasis para nuestros ojos. Hemos encontrado la forma de expresar nuestro odio sin sufrir ninguna consecuencia.

 

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