Crónicas

LYDIA LUNCH: LABIOS ESCARLATA

Mayo 13, 2017

Lydia Lunch en Bogotá

Por Andrés Garrido Torres
Periodista

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Me empujó junto a ella y su olor me excitó. Me firmó su diario y su colección de poemas Amnesia, acerca de los fantasmas de la Guerra Civil española. Me dijo que eran sus textos musicalizados con el ambiente espectral de fondo, aunque como su groupie ya lo sabía.

 

A último momento decidí asistir al concierto de Lydia Lunch, legendaria artista del underground norteamericano. Aparte de la música avant garde que ha hecho durante décadas, también es escritora y una gran poetisa. Ella demuestra que ser poeta no significa ser un blando, o como los seudoartistas de esta ciudad que creen que la poesía es sentarse en La Candelaria a tomar vino caliente, escuchando a unos hippies leyendo sandeces que parecen fórmulas matemáticas, sin ningún tipo de furia o propósito más que adularse a ellos mismos; y no es solo en la ciudad, es que los llamados artistas en el mundo de hoy son tan elitistas y egocéntricos, tan predecibles y políticamente correctos. ¿Dónde están los innovadores y los agitadores?

 

El concierto fue en la Fundación Gilberto Alzate. Un lugar a medio llenar. Es aberrante pensar que tan pocas personas vinieran a verla. Al parecer nadie sabe quién es, pero mejor porque era solo para mí. El concierto fue fulminante, el peligro de una auténtica artista, excitante e impredecible. Lydia y su banda son volátiles. Lo que más me impresionó fue el guitarrista, que parecía un Pete Townshend venido del infierno, destruyendo todo el equipamiento e intimidando a la audiencia. La voz de Lydia no es la mejor pero qué importa, transmite mucho más que los artistas de pacotilla prefabricados de hoy.

 

Al día siguiente el evento es distinto: Lydia está leyendo fragmentos de su diario, Paradoxia, donde narra sus episodios sexuales. Mi amigo Jorge esta sentando a mi lado y al ver a Lydia no para de repetirme que parece una prostituta y que si no habla español. Al terminar, la busqué como una groupie de los setenta con las ansias y la devoción de un adolescente con las hormonas alborotadas. Esperé a que todos se fueran para poder cruzar unas palabras. Estaba nervioso por aquello que dicen que es mejor no conocer a la gente que admiras porque pueden decepcionarte. Me acerqué con timidez y le pedí que me firmara el libro.

 

Me empujó junto a ella y su olor me excitó. Me firmó su diario y su colección de poemas Amnesia, acerca de los fantasmas de la Guerra Civil española. Me dijo que eran sus textos musicalizados con el ambiente espectral de fondo, aunque como su groupie ya lo sabía. Es uno de los álbumes más interesantes y espeluznantes que he escuchado jamás. Le dije que admiraba su trabajo porque es muy original y no muchos se arriesgan con esa clase de libros y de música. Jorge, por su parte, no paraba de preguntarle con una voz de Gallo Claudio: “Disculpa. ¿Hablas español?”. Lydia fue muy amable y nos dijo que en la noche iba a estar poniendo música en un bar y tal vez podría contarme más de Amnesia.

 

Pensé que sería una buena oportunidad para entrevistarla y horas más tarde nos dirigimos al Asilo Bar, en la avenida Caracas. Imaginaba que habría mucha gente y sería difícil conseguir una entrevista pero había pocos presentes. Unas cuantas farsantes que se creían punk, los meseros, los DJ, la banda, Lydia y yo, que por una noche podríamos ser los reyes del underground. He escuchado que Lydia tiene poca tolerancia a las entrevistas, y yo ni siquiera había preparado las preguntas. La música apestaba hasta que sonó una de mis canciones favoritas: This is not a love song de PiL, y fui directo a su mesa. Hablé con el baterista y con el gigantesco guitarrista, que pensé que me golpearía por querer entrevistarlos pero era un tipo bastante agradable, y me senté junto a Lydia.

 

Empecé a imaginarla desnuda en su juventud, ella y yo haciéndolo en el retrete. Era mi momento de Lester Bangs, el periodista musical viviendo con los excesos de los artistas de los que escribía. Lydia sacó un lápiz labial de puta, puso su nombre en mi brazo y luego me besó. Se dio cuenta de que no había quedado del todo la marca de su boca y se puso un poco más y repitió su beso. Es una gran satisfacción conocer a uno de tu escritora favorita y que además sea amable contigo, pero despertar manchado por su lápiz labial es de esos insignificantes detalles que hacen que quiera escribir.

 

 

Al año siguiente volví a verla en dos oportunidades. La primera vez en un lugar llamado matik-matik, el local era tan pequeño que me sentía como si estuviera en un concierto punk en New York en 1977. Hizo una magnífica improvisación de poesía con música. La segunda vez me la encontré en una exposición de arte e intercambiamos unas palabras. Ella todavía me recordaba como el muchacho al que le había marcado el brazo. En esta ocasión marcó mi oreja con su lengua. He leído el diario de Lydia y no puedo evitar sentirme como una señorita utilizada.

 

“Yo pensaba en ligarme chicos adolescentes, traérmelos a casa para para pasar la noche con ellos y largarlos por la mañana. Convertirme en una madre protectora para un rebaño de adolescentes casi vírgenes, de catorce o quince años, cuya castidad quedaría mancillada para siempre, arruinada tras sorberles pedacitos del alma a cambio del primer polvo de verdad de su vida. Me nutría de su energía como una sanguijuela insaciable cuya panza no se acaba nunca de llenar. Asegurándome para la posterioridad un capítulo en la historia de su vida mientras ellos pasarían a ser una nota a pie de página en la mía”.

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