Crónicas

REBECCA: EL DEMONIO BLANCO

Mayo 3, 2017

REBECCA: EL DEMONIO BLANCO

© Crónica sobre la novela: La Balada de la Ciudad de Andrés Garrido Torres

Por Daniel Ospina
Periodista

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Era una fantasía cobrando vida y llevando todas mis perversiones a una espiral que sólo podía compararse la escena de la orgía en El Perfume. Se movía con una gracia y una soltura abrumadoras, soltando feromonas en cada paso y haciendo el ambiente más y más electrizante.

 

Estábamos en ese lugar luego de hablar sobre la posibilidad de hacer un nuevo proyecto web y escribir sobre nuestra pasión máxima: La música. Hablamos sobre eso en un bar de rock clásico al lado de la plaza de Lourdes que parecía sacar lo peor de nosotros. Nos hartamos y barajamos la posibilidad de seguir la conversación en otro lugar. Luego de descartar algún bar indie que había a unas pocas cuadras, mi amigo decidió seguir la noche. Tenía mis dudas, principalmente porque no tenía dinero, pero el morbo de entrar a un lugar así me pudo más.

 

En cuanto llegamos, aparece ella: Rebecca. Los vi besarse con esa frialdad que sólo resulta del sexo desquiciado hecho rutina. Realmente envidiaba la escena. Era rubia, debía tener veinte años. No parecía operada, rompiendo con la tendencia del lugar. Vestía de blanco, y aunque parecía un ángel, el hecho de que mis perversiones saltaran en forma de una inevitable cara de novato dejaba claro que era, de hecho, un demonio con quien quería arder en la cama por toda la eternidad.

 

No lo sabía entonces, pero esa noche iba a presenciar la guerra entre un hombre y una mujer dónde las distinciones de dominador y dominado eran borrosas. En los ojos de ambos se traducía la decepción y el desafío mutuos por saber quién tenía la razón. ¿Razón en qué? Probablemente en la cama. Ella hacia su show para un gordo sin problemas en mostrar ante todos sus billetes para dejar claro de qué era dueño por unas horas. Mi amigo se mofaba de la situación viendo una pasarela de maniquíes que ya había visto muchos viernes y sábados anteriores, sabiendo que no iba a encontrar lo que buscaba. 

Claramente a esa edad ya tenía la madurez suficiente para saber que el mundo es hipócrita, difícil y un lugar donde solo los ganadores a cualquier costo son recordados. En cuestiones de sexo, mucho más. Pero ver en persona como todos los estratos coexistían juntos y se hacían iguales por la necesidad de quitarse las máscaras morales por un rato y sentirse los amos del universo por cien mil pesos, al igual que tener la certeza de que yo haría lo mismo si tuviera la posibilidad, fue darle la bienvenida al mundo real.

 

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En un descanso del baile y la línea de ensamblaje que era esa pasarela de pavos reales que lucían más o menos naturales, me comentó algo de lo que ocurría. Él tuvo cuento con ella por un tiempo, hasta que terminó hartándose. No recuerdo los motivos, pero seguramente son las mismas tonterías de siempre. Celos, no se dan tiempo etc…. Hablamos de los poetas malditos, del reflejo de ellos en nuestras propias vidas y de cómo el ser periodista musical era el paso frustrado de quienes no pudimos ser estrellas del rock, con todo y el halo de mito que también puede cubrir una vida dónde el brillo de las botellas y las luces de neón son la constante. Hablamos de ese pajazo mental que es la Inglaterra musical, de las bandas que nos gustaban, de algunas que no, y de lo fastidioso que resulta vivir en una ciudad que no era como la que nos imaginábamos.

 

De pronto la línea de ensamble vuelve a rodar y nuevamente todas siguen llamando la atención. Mientras calificábamos a las primeras, el mundo se detuvo por tres o cuatro minutos. En ese rato los números e ideales de la figura perfecta carecieron de sentido. Esa niña, ese ángel que en mi mente era un demonio, subió a la pasarela. Si la escena del beso fue insultante por mi incompetencia, lo que hizo en escena la hizo inalcanzable para mí. No hay billete capaz de pagar por algo así de obsceno. Era una fantasía cobrando vida y llevando todas mis perversiones a una espiral que sólo podía compararse la escena de la orgía en El Perfume. Se movía con una gracia y una soltura abrumadoras, soltando feromonas en cada paso y haciendo el ambiente más y más electrizante.

 

 

Se cruzaron las miradas de ella y de mi amigo, todavía en plan desafío. Ella de pie en la pasarela, él sentado como espectador. El blanco que la cubría desaparecía poco a poco, el desafío continuaba, y yo me sentía más inocente y fuera de lugar que nunca. Aunque también pensaba: ¿Tanto problema por una puta? La vimos hasta que se bajó de la pasarela, para volver con el gordo de unos minutos atrás. No sabría decir quien ganó. De todos modos la frustración de ambos era evidente. Ella seguiría bailando, habría más clientes. Mi amigo seguiría yendo a lugares así, por más frustraciones. Ambos, un billete a la vez. El resto de la noche fue floja en comparación. Salvo una de las últimas que se subió a la pasarela e intentó hacerme suyo, no pasó nada. La oferta no se comparaba en nada con ese demonio blanco que todavía seguía presente en mi cabeza. Salimos del sitio y él se sentía ganador.

 

Al poco tiempo mi amigo decidió irse del país a terminar un libro sobre ese demonio. A lo mejor consideraba que perdió el duelo con ella y necesitaba un cierre para esa historia. O tal vez buscaba desafiar otra cosa más ambiciosa que una puta. He pensado muchas veces en volver a ese lugar y buscar a ese demonio blanco: Rebecca. He pensado en cómo se sentirá ser superior al resto. Pero aun no me atrevo. No por miedo, sino porque no estoy seguro de querer arruinar la impresión que me dejó esa noche. Supongo que un día dejaré la pendejada y la buscaré. Si no, todavía me queda la mediocre satisfacción de recordar que luego de esa noche no volví a tomarme a la humanidad tan en serio.

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